Los personajes no me pertenecen si no al maravilloso Tite Kubo y la Historias es de la gran Julia James
Prólogo
El avión atravesó la noche de invierno. Dentro, un solo pasajero miraba por la oscura ventanilla. Su
rostro era sombrío. Su mirada perdida. Miraba a su interior, al lejano pasado.
Dos chicos, descuidados, felices.
Hermanos. Que habían creído tener todo el tiempo del mundo. Pero para uno se
había terminado. Un cuchillo atravesó el corazón del hombre que estaba sentado
mirando a la oscura noche. «¡Kaien! ¡Mi hermano!».
Pero Kaien se había ido, no volvería
jamás. Sólo había dejado tras de sí una madre llorosa y un hermano deshecho. Y
un milagroso regalo de consolación…
Sonó el timbre de la puerta de un modo
insistente.
Rukia dejó de recoger la cocina y miró
al cochecito de segunda mano para comprobar que el ruido no había despertado a
Aki. Corrió hacia la puerta preguntándose quién demonios
sería.
Pero en cuanto abrió supo quién era.
Allí estaba de pie, alto, oscuro y con el rostro de roca. Tras él, junto al
bordillo, un coche con chófer que desentonaba por completo en esa zona de la
ciudad.
—¿Señorita Kuchiki?
La voz era profunda y con un marcado
acento. También era fría y dura.
Rukia asintió de un modo casi
imperceptible y sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—Soy Ichigo Kurosaki —anunció—. He
venido por el niño.
Ichigo Kurosaki. El hombre a quien más
razones tenía para odiar.
Rukia sólo podía mirarlo, petrificada,
mientras él entraba en la casa mirando displicente al sucio interior antes de
volver a fijar su mirada en ella.
—¿Dónde está? —exigió.
Su mirada la atravesó. Ella sólo era
capaz de mirarlo fijamente. Más de un metro ochenta de hombre ataviado con un
traje que gritaba riqueza, Su cabello despeinado y de un color tan extravagante lo hacia ver mas atractivo y un rostro que le hizo abrir
los ojos de par en par en contra de su voluntad. Los ojos de color miel, una fuerte nariz recta, pronunciados pómulos, una mandíbula cincelada y
una sensual boca.
Rukia tragó saliva. Después, con un gran
esfuerzo, recuperó la movilidad. ¿Qué demonios hacía mirando a ese hombre así?
Como si fuera alguien que no era.
Ichigo Kurosaki… rico, poderoso,
arrogante y despiadado. El hombre que había destrozado la vida de su hermana.
Porque había sido él. Rukia lo sabía. Su hermana se lo había contado.
Miyako, siempre la chica vital,
encantadora. Haciendo de su vida una fiesta. Hasta que la fiesta había
terminado. Había aparecido el verano anterior en el cuartucho de Rukia sin otro
sitio al que acudir. Alterada.
—¡Decía que estaba loco por mí! ¡Pero
ahora estoy embarazada y no quiere casarse conmigo! Y sé por qué —su hermoso
rostro se había retorcido por el odio—. ¡Es por su maldito hermano! ¡Un matón!
El todopoderoso Ichigo Kurosaki. ¡Mirándome y arrugando la nariz como si yo
estuviese sucia!
Conmocionada, Rukia había escuchado el
relato entre lágrimas de Miyako. Había tratado de reconfortarla, de recordarle
que el padre del niño tenía que darle apoyo económico…
—¡Yo quiero que Kaien se case
conmigo! —había repetido Carla.
Los siguientes meses no habían sido
fáciles. Miyako se había hundido en un letargo depresivo y le había prohibido a
Ann que se pusiera en contacto con el padre.
—Kaien sabe dónde estoy —había dicho
abúlica—. ¡Quiero que venga a buscarme! ¡Quiero que venga a casarse conmigo!
Pero Kaien no había aparecido, y el
difícil embarazo de Miyako había terminado con un alumbramiento aún más difícil
y la subsiguiente depresión posparto. Sobre Rukia había caído la responsabilidad
de ocuparse del niño, Aki, mientras Miyako se hundía en la depresión y rechazaba
el tratamiento.
La cura, cuando había llegado, había
sido dramática. Una llamada en la puerta… un joven, guapo, pero de maneras
forzadas y dubitativas.
—Soy… soy Kaien Kurosaki —le dijo a Rukia.
Eso fue lo único que dijo y Miyako se
lanzó hacia él, transfigurada. Al menos eso era lo que Rukia había creído. La
realidad había sido menos romántica: Kaien quería una prueba de paternidad.
—Tengo que convencer a mi hermano… —había
dicho incómodo a Rukia, pero Miyako se había mostrado triunfante.
—Oh, Aki es de Kien, ¡por supuesto!
Y el todopoderoso Ichigo Kurosaki va a tener su merecido. Kaien ahora se casará
conmigo, me lo ha prometido porque quiere a su hijo. ¡Y contra eso su maldito
hermano no puede hacer nada!
¿Había tentado al destino Carla al
mostrarse tan triunfante?, se preguntó Rukia con un regusto amargo. No había
hecho falta la maldad de Ichigo para evitar que su hermano se casase con ella.
Sólo había hecho falta un error de cálculo de Kaien, que se había llevado a Miyako, radiante una vez más, en su potente coche alquilado por las desconocidas
carreteras japonesas. Nada más que eso. Y dos vidas se apagaron.
Rukia se había quedado en casa con Aki,
que se había quedado huérfano de repente.
Rukia sabía que el horror y la pena de
ese día no la abandonarían jamás. El cuerpo de Kaien había vuelto en avión a
Grecia. Nadie de su familia se había acercado a Rukia, que había enterrado sola a
su hermana y se había quedado a cargo del niño. No había hecho ningún intento
de contactar con la familia de Kaien. Nunca habían querido a Miyako… ni a su
hijo.
Aki era toda su vida. Lo único que le
había quedado. Su único consuelo en un mar de dolor. Dolor por su hermana y el
hombre con quien se había querido casar tan desesperadamente y rabia contra el
hermano que se lo había impedido. El hermano que en ese momento estaba de pie a
su lado taladrándola con la mirada. Exigiendo apartar a Aki de ella.
Al no obtener ninguna respuesta, Ichigo miró la vacía habitación que había un poco más allá y recorrió el pasillo hacia
la cocina. Su expresión se endureció aún más. Estaba todo desordenado, la pila
llena de cacharros sucios, una mesa con un hule lleno de restos de comida. Pero
fue el cochecito lo que atrajo su atención. Se acercó y lo miró. La emoción lo
atravesó. ¡El hijo de Kaien! En medio de esa pesadilla, un milagro. Miró al bebé
dormido y se le inflamó el corazón. Lentamente tendió una mano hacia él.
—¡No lo toques! —el grito hizo que la
mano se detuviera a medio camino.
Rukia estaba en la puerta de la cocina. Ichigo se volvió a mirarla. ¿Pensaba esa chica que se iba a llevar al niño en
ese momento? Evidentemente no. Volvería a por él cuando tuviera arreglados
todos los papeles y una niñera contratada. Estaba allí sólo porque tenía que
ir. Tenía que verlo por sí mismo, ver a ese niño que era el único consuelo que
le quedaba a la familia Kurosaki tras la muerte de Kaien.
Recorrió con la mirada el cuerpo que
ocupaba el umbral de la puerta y apretó los labios. Quedaba bien en ese lugar.
Malamente vestida, con el pelo descuidado que le llegaba a los hombros y una mancha de papilla en la informe
camiseta. No podía parecerse menos a la chica que había clavado sus avariciosas
garras en su hermano. Miyako había sido un ave del paraíso. Su hermana era un
gorrión callejero.
Pero el aspecto de Rukia era
irrelevante, sólo importaba el bebé que tenía a su cargo.
—Señor Kurosaki, quiero que se marche.
No tengo nada que decirle y no quiero que moleste a Aki —su voz era cortante y
hostil.
Él no dijo nada, sólo la miró. Notó
como se le enrojecían las mejillas sólo con mirarlo. Su mirada la estaba
atravesando. Entonces, sin decir una palabra, se acercó a ella. Rukia se apartó y
él pasó rozándola para salir, pero el alivio de ella fue muy breve. Ichigo se
quedó en el salón.
—Le he pedido que se marche —dijo ella
saliendo tras él —y…
Ichigo alzó la mano y ella se
interrumpió.
—He venido simplemente a verlo y a
informarle de la decisión que se ha tomado de llevármelo a casa.
—Ésta es su casa.
Ichigo miró a su alrededor. El sofá
desvencijado, la alfombra raída y las cortinas desteñidas.
—Esto, señorita Kuchiki —dijo volviendo
al mirarla —no es una casa. Es un agujero.
Rukia se sonrojó. ¡La pobreza no era un
crimen! Pero era evidente que él pensaba de otro modo. Sus ojos la atravesaban
como si fueran un bisturí. Al instante fue consciente de su desaliñado aspecto.
Apartó la mirada. ¿Qué importaba el aspecto que tuviera? ¿O el de él? Ese
hombre acababa de anunciarle su intención de robarle el bebé, lo único que
amaba en el mundo. Su única familia.
Entonces él súbitamente volvió a
hablar y en esa ocasión su tono fue muy distinto.
—¿Pero cómo iba a ser de otro modo? —dijo
con suavidad y Rukia volvió a mirarlo—. Es muy duro, ¿verdad Señorita Kuchiki?,
tener que llevar la carga de un bebé. ¿Qué chica de su edad puede desear algo
así?
La ira creció en Rukia de un modo
instintivo. Sí, era un duro trabajo, pero Aki nunca sería una carga.
—Así que voy a liberarla de esta carga
indeseada, señorita Kuchiki, y así podrá recuperar su vida despreocupada —siguió
en el mismo tono suave.
—Señor Kurosaki —dijo intentando
controlar la ira—, usted rechazó a Aki desde el momento de su concepción. ¿Por
qué esa súbita preocupación por él?
—Porque ya tengo los resultados de la
prueba de ADN. Sé que es el hijo de mi hermano —no quedaba ni rastro de la
suavidad anterior en su tono.
—¡Eso es lo que dijo mi hermana desde
el principio! —protestó Rukia
—¿Piensa que iba a confiar en la
palabra de una ramera?
—¡No hable de Miyako de ese modo! —escupió
furiosa.
—Su hermana se acostaba con cualquier
hombre lo bastante rico como para que pudiera mantener su nivel de vida. Por
supuesto, advertí a mi hermano que comprobara que el niño era suyo.
—¡Mi hermana está muerta! —gritó.
—Como mi hermano. Gracias a ella —dijo
con frialdad glacial—. Y ahora sólo una persona es importante: mi sobrino —de
pronto sus maneras volvieron a cambiar, la suavidad volvió a su voz—. Por eso
voy a llevármelo a Grecia conmigo. Tendrá la vida que su padre habría querido
para él. Seguro, señorita Kuchiki, que usted no puede estar en desacuerdo con
eso.
—¡Por su puesto que estoy en
desacuerdo! ¿Que se propone, señor Kurosaki —preguntó con tono cínico—, criar usted
mismo al niño? ¿O sencillamente se lo endosará a una niñera?
Los hermosos ojos de Ichigo brillaron. Rukia sintió una punzada de satisfacción. No le gustaba que lo desafiasen.
—Para tranquilizarla en su
preocupación, señorita Kuchiki —había un punto sarcástico en su profunda voz—,
Aki vivirá en el hogar familiar. Sí, con una niñera profesional, pero, sobre
todo con mi madre —y de pronto su voz adquirió un tono distinto a todos los
anteriores—. ¿Es realmente necesario que le explique lo desesperada que está mi
madre y que su único consuelo puede ser el hijo de su hijo? Su dolor, señorita Kuchiki, es terrible.
Rukia sintió que se le hacía un nudo en
la garganta.
—Puede venir a verlo siempre que
quiera… —empezó, pero él la interrumpió.
—Muy generoso por su parte, señorita Kuchiki. Pero vayamos al grano —dijo mordaz.
Volvió a taladrarla con la mirada,
pero esa vez no había desdén por su aspecto. Esa vez tenía la misma expresión
que cuando había llamado «ramera» a su hermana.
—Así que dígame, ¿cuál es el precio
del niño? Sé que será bastante alto… el de su hermana era casarse con mi
hermano. El suyo supongo que sólo será una cantidad de dinero.
Rukia miró incrédula cómo Ichigo deslizaba una mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacaba un talonario
con funda de cuero y una pluma de oro. Con un gesto elegante arrancó un cheque
y lo puso encima de la mesa. Su rostro no transmitía ninguna emoción.
—Nunca regateo por lo que quiero,
señorita Kuchiki —dijo con voz áspera—. Ésta es mi primera y última oferta. No
me sacará ni un Yen más. Le ofrezco un millón de Yenes por mi sobrino.
Tómelo o déjelo.
Rukia parpadeó. Aquello no era real. Ese
papel que tenía delante no era un cheque por un millón de Yenes… un millón de Yenes para comprar un bebé. Como seguía mirándolo, Ichigo volvió a hablar.
—Mi sobrino —volvió al tono suave —tendrá
una infancia idílica. Mi madre es una mujer muy cariñosa. Vivirá con ella en su
casa de Grecia, en la villa Kurosaki en mi isla privada. No le faltará nada —le
dedicó una sonrisa heladora—. Así que puede aceptar el dinero, señorita Kuchiki,
con la conciencia tranquila.
Rukia oyó las terribles palabras pero no
las registró. No registró nada más que el papel que tenía delante encima de la
mesa. Él vio cómo lo miraba fijamente y su expresión se endureció. Siguió
mirando el cheque. ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! Sintió que la emoción crecía en su
pecho y pensó que iba a explotar. Sólo cuando él se dirigió a la puerta empezó
a notar que las lágrimas le inundaban los ojos.
—Ahora me marcho y volveré al final de
la semana —anunció él—. El papeleo estará completo para entonces y usted me
entregará a mi sobrino —su voz volvió a endurecerse—. Entienda que la condición
por el pago de este dinero es clara: el niño no tendrá ningún contacto con la
familia de su madre. Sin embargo, mi madre, que desconoce la sórdida vida que
llevaba su hermana y sus actuales estrecheces, me ha pedido que le entregue
esta carta —metió la mano en un bolsillo de la chaqueta y sacó un sobre cerrado—.
No piense en contestarle. Y no trate de cobrar su cheque aún… está fechado para
después de que yo me lleve a mi sobrino.
Se fue y cerró la puerta tras él. Los
ojos de Rukia volvieron al cheque, después, lentamente, a la carta. La abrió y
empezó a leer las palabras de Masaki Kurosaki.
No
se puede imaginar mi alegría cuando Ichigo me habló del hijo de Kaien. Sentí
que Dios se había apiadado de nosotros. Ser bendecida con la posibilidad de proporcionar
un hogar a este niño trágicamente huérfano sería un privilegio que le ruego me
conceda. Si puede concederme este ruego, a pesar del dolor que sentirá por la
pérdida de su hermana, le estaré eternamente agradecida. Será amado y tratado
con cariño toda su vida.
Perdone,
se lo ruego, el egoísmo de una mujer que ha perdido a su hijo y a quien la
vejez acecha por desear criar a su nieto. Pero usted es joven y tiene toda la
vida por delante y así podrá ser libre sin tener que asumir la prematura
responsabilidad de la crianza del hijo de su hermana, algo que consumiría su
juventud…
Rukia notó la terrible mezcla de dolor y
esperanza que había en cada frase. Se le hizo un nudo en el pecho. ¿Qué debía
hacer? ¿Qué era lo mejor? ¿De verdad tenía Aki un hogar lleno de cariño
esperándolo en casa de su abuela? ¿Sería mejor para él que el hogar que ella le
proporcionaba o sólo más rico? Un niño necesitaba amor, seguridad emocional,
sobre todo. Más que seguridad material.
El rostro de Rukia se ensombreció con
los recuerdos. Miyako había sido su apoyo emocional de pequeña, todo lo que ella
había tenido, su único soporte tras la muerte de su madre. Las palabras de Masaki resonaban en su corazón. ¿Qué sería lo mejor para su sobrino? ¿Qué
habrían querido sus padres para él? Su corazón se retorcía. Ya sabía la
respuesta.
Kaien habría querido que su hijo se
criara en su familia, con su propia madre que tanto lo había querido a él. En
el corto tiempo que había tratado a Kaien, había hablado de su madre con
frecuencia y siempre con amor y afecto en su voz. Su madre, le había dicho Miyako, se alegraría de la noticia de su boda… y recibiría a su nieto con los
brazos abiertos.
¿Y Miyako? ¿Qué habría querido ella? Rukia también conocía la respuesta a esa pregunta. Miyako había dedicado su corta
vida a tratar de conseguir la riqueza que pensaba le daría la felicidad… habría
dado su brazo derecho por que su hijo ocupase su lugar en el corazón del clan Kurosaki. Había dado más. Había dado su vida.
Lenta, inexorablemente, la lógica fue
consiguiendo abrirse camino a través de su desesperación por quedarse con el
niño al que tanto amaba. ¿Cómo podría? Sería sólo egoísmo por su parte. Si a
Aki se le ofrecía un hogar cálido y seguro económicamente, lo que sus padres
habrían querido para él, ¿cómo podía mantenerlo bajo su tutela con su falta de
recursos? Por mucho que quisiera al niño, algún día crecería. ¿Cómo
reaccionaría al saber que había sido privado de ese derecho por nacimiento? Era
el momento de decidir, mientras era un bebé… antes de que se formaran más
vínculos emocionales, antes de que empezara a quererla a ella y sufriera al ser
apartado de su lado. Era el momento, lo sabía, el de ella para ser fuerte… el
de dejarlo ir con su abuela, ser amado y protegido. Como debería serlo
cualquier niño.
Y había otra razón para no negárselo a
su abuela. Una que no podía ignorar. Una que la monstruosa oferta de Ichigo Kurosaki hacía imposible ignorar. Un millón de Yenes. Demasiado dinero. ¿Cómo
podía decir que no a eso?
Ichigo estaba de pie donde lo había
estado sólo unos días antes, en el comedor de la casa de Ann mirando con gesto
duro cómo ella firmaba los papeles de la custodia de su sobrino. Pero cuando
firmó el último de los papeles y se puso en pie temblorosa, se permitió mostrar
con su gesto la opinión que tenía sobre ella.
Rukia había dudado, era absolutamente
visible. Su abogado recogió los papeles y los metió en un maletín. En la
puerta, una joven niñera tenía en brazos a Aki. Rukia sintió un deseo casi
incontrolable de arrancarle el bebé de los brazos, pero era demasiado tarde. La
niñera, con una última sonrisa de comprensión se marchó.
En el umbral de la puerta, Ichigo se
detuvo. Rukia estaba pálida agarrada al respaldo de una silla. Ichigo frunció el
ceño un segundo, pero enseguida recuperó su expresión fría.
—Ya puede cobrar el cheque, señorita Kuchiki —dijo con suavidad.
Pero a Rukia no le importaba su
desprecio. Un grito silencioso en su mente le dijo que no podía hacer lo que
acababa de hacer. Aunque el grito sonaba en su cabeza, Ichigo Kurosaki salió de
su casa y cerró la puerta. El eco de la puerta la angustió y la seguiría a lo largo
de los años.
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Bien aqui esta el prologo de esta maravillosa historia!! espero que les guste y comenten a ver que les parecio!!
Cuidense!! que esten bien!! se les quiere!! ^^
esta muy intereante la historia espero la continuacion pronto
ResponderEliminarWow... Me gusto mucho el prologo si así comienza no me imagino como seguirá espero que subas el siguiente capítulo pronto .... Muchas gracias
ResponderEliminarEspero que ichigo se lleve una gran sorpresa ^^
No quiero que se vaya a molestar, pero con qué fin realiza una copia de la novela "El despiadado griego", no es una adaptación; ¿cuál es lo bonito de ésto?, yo no soy la autora de dicha novela, ni mucho menos, para hacer un reclamo; aunque aclara que la historia no es suya, entonces ¿para qué?, ¿por el simple hecho de que algunos no les dé la gana de leer la novela original?. Sin sentido; la verdad. Si usted fuera la autora original, le gustaría que copiaran su obra, cambien personajes porque les da la gana y su obra lo conozcan por dichas copias, y no por su propio esfuerzo, en dónde imaginó personajes, un contexto, etc. Es cierto que me dirá que lo hace por diversión, y no gana ni un centavo por ésto; pero no sería mejor que usted recomendara las novelas que le gusta, haciendo críticas y análisis; sería mejor. Piénselo bien, además los blogs son públicos, y puede que a alguien no le guste ésto y le cierren la cuenta por derechos.
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